2020, ¿año cero después del virus?

Imagen: Coronavirus, National Institute Allergy and Infectious Diseases. NIH. CC BY 2.0

Son días inciertos. Casi distópicos. En el momento en el que escribo estas líneas más de un tercio de la población mundial está confinada por un coronavirus del que hasta hace poco más de cuatro meses no sabíamos absolutamente nada. El SARS-CoV-2 responsable de la enfermedad COVID-19 no solo ha paralizado la actividad social y económica de grandes regiones del planeta si no que, como todas las crisis ha mostrado las costuras de nuestra civilización (esto va más allá de una sociedad, un país o un régimen económico).

Durante el periodo de tiempo que ha pasado entre la última gran crisis financiera -y social- y la actual pandemia han pasado 12 años de austeridad y “reformulación” del capitalismo. Más allá de entrar en el eterno debate de en qué hay que recortar gasto público y en qué no, el primer síntoma que podemos analizar echando la vista atrás es el enorme recorte de recursos que supuso en muchos países. Dinero que dejó de invertirse en sectores que ahora nos parecen críticos como la Sanidad. Pero también recortes decisivos en Ciencia.

Porque, a diferencia de pandemias anteriores -como la mal llamada gripe española- en esta todo el mundo tiene claro que nuestra mejor arma, nuestra única posibilidad, pasa por la ciencia y su herramienta, la tecnología. El reto ahora es no convertir este desafío médico en una batalla política. El tiempo de la gestión, del análisis y del depurado de responsabilidades llegará después, a la par que el momento de decidir qué tipo de sociedad queremos construir.

Es probable que suene manido. Y es probable que haya una gran parte de la población que quiera que todo siga igual. Del mismo modo que ocurrió en 2008: parte de la población deseaba la recuperación para poder volver a vivir “como antes”. No obstante, este shock social -una cosa es quedarse sin empleo o con deudas, otra cosa es quedarse confinado en casa, con una amenaza de infección viral si salimos y con la incertidumbre de qué ocurrirá cuando el tren vuelva a ponerse en marcha- debe ser el catalizador para apostar por una sociedad que se reconstruya de otra forma. Donde el principal capital no sea el dinero sino todo aquello que aporte a los ciudadanos.

Y eso gira siempre en torno a crear una estructura social más equitativa, con empleos de mayor calidad -tanto por su valor añadido como por una mejora de los empleos que ahora se han demostrado cruciales a pesar de llevar años en el ostracismo- y con un esfuerzo por hacer que los jóvenes, los profesionales del futuro, se acerquen a la biomedicina, la ingeniería, la industria 4.0 así como concienciar a los políticos y ciudadanos en general de que la inversión en Investigación, Desarrollo e Innovación es absolutamente necesaria para reconstruirnos mejor y protegernos de nuevas crisis.

Porque nuestro futuro como especie pasa por energías limpias, pero también por una mejor educación, por el uso de la tecnología como una herramienta para mejorar -y no como un bien de consumo desechable-, por el apoyo de las ramas de la ciencia más estratégicas para sellar las brechas sociales (raciales y de género) y por darle a todo esto una escala humana.

En las próximas entradas intentaremos analizar todo ello para arrojar algo de luz sobre lo que podemos hacer para salir fortalecidos. Porque de poco sirve criticar lo que ha ocurrido o que no se sepa gestionar como creemos (solo tenemos información parcial) una crisis que nadie había vivido antes, pero sí podemos recapacitar qué mundo queremos mañana para nosotros y nuestros hijos.

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