Las lecciones de la crisis: porqué hemos de reconvertir el modelo económico

Imagen de los satélites de la NASA en la que se refleja la mejoría de la calidad del aire en el planeta gracias a la reducción de la producción industrial derivada de la cuarentena. 


Hace más de tres meses que el sistema comenzó a notar sus cimientos. El establishment, esa enorme matriz de relaciones oficiales y sociales dentro y fuera del poder que permiten que la civilización funcione, temblaba a principios de enero.

Primero fue la cara B de la globalización -las mismas herramientas que nos interconectan económicamente fueron autopistas para la expansión del virus-; luego llegó la tensión política en muchos rincones de los países “desarrollados”; después, el esfuerzo que se le pidió a la población. Por último, aquellos que durante mucho tiempo fueron el último eslabón de la cadena productiva (el sector agrario, la distribución alimentaria, los periodistas -aquellos que están al pie del cañón con sueldos bochornosos-, los sanitarios, repartidores, etc.) pasaron de ser el esqueleto de la economía a la armadura de la sociedad.

Todo esto nos muestra las lecciones que la naturaleza se empecina en enseñarnos: es necesario repensar íntegramente el modelo económico en muchos aspectos no solo para saber gestionar situaciones traumáticas como la actual en el futuro sino también para intentar evitarlas y poner en valor trabajos esenciales y evolucionar hacia nuevos empleos de mayor valor añadido.

Cada vez son más los científicos que coinciden en que el deterioro ambiental está resultando crítico para que se aceleren los procesos de zoonosis. Es por ello que resulta fundamental que la reconstrucción económica repiense cómo queremos seguir creciendo como sociedad. Y es aquí donde son necesarias estrategias que entiendan que el único futuro pasa por una reconversión verde, local en la producción y global en la estrategia. Justo al revés que en las últimas tres décadas.

Decía Lenin que “hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”. Sin duda, esta pandemia es el mejor ejemplo práctico en las últimas décadas. El momento de reconvertirnos, de dar un paso adelante y de saltar hacia la sostenibilidad ha llegado. Los motivos son varios: el planeta nos lo exige, tenemos la tecnología adecuada para ello y, por mucho que algunas voces de la caverna se opongan, esta evolución es la única salida para encontrar un equilibrio medio ambiente-sociedad-economía.

El último gran contrato social vino de la mano de la reconstrucción que se dio después de la II Guerra Mundial. No obstante, su naturaleza de estructura social “contra el otro” hizo imposible llegar a acuerdos globales que hubieran permitido un mayor desarrollo social. La tecnología vivió una enorme revolución pero siempre con la defensa como motor. La globalización, un sistema ideal que expandiría la riqueza por el planeta solo externalizó problemas como la contaminación a los países en desarrollo ávidos de mejorar sus cifras “macro” y generó una enorme brecha social occidente-oriente y norte-sur.

Dar un paso atrás -buscar soluciones locales a problemas globales- y reubicar al desarrollo científico y tecnológico no como una carrera sino como una colaboración entre todos es el primer paso para consolidar los cimientos de una nueva sociedad en la que servicios como la educación (apoyada con TICs en su justa medida) o la sanidad (con un nuevo impulso de las biociencias) jueguen el papel que han demostrado merecer durante esta pandemia.

Crear un sistema productivo sostenible, que no solo minimice el impacto ambiental sino que genere uno positivo hacia la naturaleza, es un factor clave para el desarrollo de técnicas como la biofabricación. La inversión en I+D+i acompañada de un impulso en procesos de capacitación y formación de trabajadores que se reciclen desde otros sectores hacia nuevas áreas económicas de alto valor añadido, es una exigencia sin la que ninguna economía o sociedad podrán ser, respectivamente, competitivas y equilibradas.

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