Tecnología y pandemia (I): no todo es blanco o negro

Imagen obtenida en la web Enfoque Educación


En este inicio de proyecto es prácticamente imposible abstraerse de la pandemia. De hecho, a la hora de plantear temas sobre los que quería escribir me encontré con un problema: era imposible hacerlo sobre uno sin “pisar” otros posts. El motivo es tan simple como complejo. A diferencia de otras crisis -recientes o no tanto- esta no se ha desarrollado a partir de un efecto dominó en nuestras vidas. Más bien, ha sido una bomba de racimo.

A lo largo del siglo XX, a partir de la “Gripe Española”, todas las grandes crisis humanas han tenido el mismo patrón. O bien una crisis política ha desembocado en una guerra y esta ha arrasado la sociedad y la economía o bien una crisis económica (financiera, de materias primas, etc.) se traducía en un crack social.

La actual, no obstante, ha supuesto a la vez un shock social y económico y tanto las autoridades como la población se ha visto en la disyuntiva de priorizar entre ambos factores (parece que sí, todos tenemos claro que las vidas son lo primero pero las decisiones que se toman o se cuestionan no siempre indican lo mismo).

Por ello que a lo largo de las siguientes entradas intentaré analizar el papel de las nuevas tecnologías (el tema sobre el que gira esta bitácora) durante la pandemia desde todos los prismas posibles: sanidad, educación, redes sociales, internet como derecho social y la propia tecnología como herramienta social y productiva. Quizá analizando esos factores consiga encontrar un punto de partida desde el que avanzar.

Precisamente este último punto será el primero que analicemos. El papel de la tecnología como herramienta frente a la pandemia y a la crisis social derivada de la misma. El pasado 16 de abril La Vanguardia publicaba un artículo de Enrique Javier Cortés en el que el autor explica que “la tecnología que criticábamos es la que ahora nos mantiene unidos”. Y es que, como bien plantea el texto, el teletrabajo o las videollamadas que ahora nos permiten las TICs eran absolutamente impensables hace un par de décadas.

Formación, capacitación, reuniones, conferencias, mantenimiento de sistemas, por enumerar tan solo algunas de las posibilidades que nos ha brindado la digitalización en el sector productivo. Videollamadas y mensajería instantánea como las más destacadas en el ámbito personal. Justo todos los factores que indicaban que nos abocábamos irremediablemente a un mundo orwelliano en el que perderíamos el contacto humano “nos salvan” ahora y nos permiten guardar nuestros rasgos sociales más básicos.

Lo más interesante del texto de Cortés, sin embargo, es la pregunta acerca de si “se equivocaban los expertos al señalar los efectos adversos de la tecnología”. Él concluye que en parte sí. Mi respuesta va quizá, un poco más allá. No, no se equivocaban. La capacidad de las TICs está fuera de toda duda. Del mismo modo que debería estarlo que Internet debe ser un derecho social en pleno siglo XXI pues es la herramienta definitiva para no quedarse descolgado en un mundo que, nos guste o no, se ha globalizado definitivamente. Es una de los pocos puentes que a día de hoy son indispensables para, bien utilizada, estrechar la brecha social en educación, por poner solo un ejemplo.

El problema no es la tecnología. El problema no son las RRSS. El problema no es la forma en la que sentarnos horas delante de una pantalla nos afecta a nuestro ritmo circadiano o a nuestro comportamiento social. El problema es el modo en el que las empresas tecnológicas -prácticamente sin excepción- han diseñado estas herramientas para convertirlas en servicios de consumo masivo y adictivo. La forma en el que estas tecnologías las han convertido en un fin o en un medio. El mejor ejemplo, la descarada obsolescencia programada de sus equipos o la interfaz y funcionamiento de esos servicios se ha diseñado para ser adictivo.

Precisamente por eso vemos como algunas de ellas tienen que replantearse su propia configuración: Amazon ha rediseñado su web para que compremos menos (sí, es porque no da abasto, pero es una forma de reconocer que todo en ella está diseñado para la compra compulsiva); Whatsapp limita el reenvío de mensajes virales a un solo chat para luchar contra las fake news (lo que demuestra que todas las promesas hechas hasta ahora por Mark Zuckerberg se deshacen como un azucarillo); Twitter y Google se unen a esta iniciativa para luchas contra los bulos o Apple y Google se unen para el desarrollo de herramientas que hagan de sus populares productos un monitor de la pandemia.

No cabe duda de que el desarrollo de todo tipo de dispositivos y servicios digitales nos dan una enorme ventaja competitiva respecto a pandemias anteriores en las que la medicina carecía de recursos y conocimientos y para muchos estamentos los rezos y los amuletos parecían casi la única opción. La sociedad no tenía herramientas para averiguar cómo funcionaba la propagación de la enfermedad y, peor aún, combatirla.

Ahora, las plataformas en streaming (de casi todo, música, series, películas, documentales), las smart TV, tabletas, ordenadores o teléfonos móviles, nos permiten saber de nuestros mayores, realizar la compra desde la seguridad de nuestro domicilio e, incluso, reportar dolencias a nuestros centros médicos. Dispositivos wearables nos ayudan a mantener un mínimo de actividad física o incluso nos recuerdan cuándo lavarnos las manos. Podemos compartir nuestros problemas y ansiedades, apoyarnos en los momentos más difíciles del confinamiento e, incluso, seguir trabajando o formándonos (aunque esto va a dar para otro post).

Solo a posteriori sabremos qué efecto tiene sobre nosotros -mayores y pequeños- nuestra relación más estrecha con las pantallas. Si le hemos dado un uso responsable (¿nos hemos volcado en estas tecnologías dejando más de lado de lo recomendado a nuestro compañero de sofá o de juegos?) y si hemos aprendido que estas tecnologías son solo herramientas para superar la gran prueba de fuego de nuestra generación.

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