Tecnología y pandemia (II): ¿qué tipo de sistema educativo necesitamos?

Imagen obtenida en Beanstalkmums

Como anuncié en la anterior entrada, durante unos días intentaré enfocar mi lupa sobre cómo la tecnología y la ciencia nos han ayudado a amortiguar el embate de la pandemia y, por supuesto, a analizar los efectos colaterales que ha tenido la digitalización acelerada que la enfermedad ha provocado en casi todos los aspectos de nuestro día a día, de nuestro sistema socioeconómico y cómo podemos minimizarlos para encarar el futuro de una forma mejor.

Sin duda, uno de los puntos más polémicos con el que los distintos gobiernos y las familias han tenido que lidiar estos últimos meses ha sido la educación. A pesar de que muchos colegios han anunciado durante años su inmersión en la digitalización y que cada vez es más difícil encontrar un hogar sin conexión a internet se ha notado la inevitable brecha digital. Es cierto que su penetración es menor que la de la televisión, por ejemplo, pero las cifras hablan de un salto enorme en la última década. De poco más del 51% de hogares con conexión en 2009 a casi un 91% en 2019, según el INE.

Desde la UNESCO han dado recomendaciones teniendo en cuenta que casi el 90% de la población estudiantil mundial se encuentra confinada. En su primer consejo subrayan la necesidad de adaptarse al mejor tipo de tecnología en función de cada estudiante. También recalcan la importancia de crear una red entre el centro educativo, los padres y los alumnos para darse apoyo socioemocional así como hacer un esfuerzo para conseguir que aquellos alumnos más desfavorecidos por su status económico no se queden atrás por falta de medios.

Está claro que no todos los alumnos van a disponer de las mismas posibilidades: un ordenador o tableta, una conexión con suficiente ancho de banda así como el soporte de sus familiares no solo para comprender la asignatura sino para no descentrarse, tener apoyo emocional en los momentos más duros del encierro o, incluso, garantizar que todo ese “suministro” tecnológico no falla.

Por su parte, desde los colegios el reto se centra en conseguir que no se pierdan las dinámicas de aprendizaje, ser capaces de entender que el rendimiento de los alumnos se puede ver mermado por su falta de tiempo y zonas de expansión o el efecto de la pantalla retroiluminada sobre su desempeño (e incluso la formación de su ojo) a lo largo de las horas. La propia institución reclama que la duración de una clase vía online de primaria no debe superar los 20 minutos y la de secundaria los 40.

No obstante, acercarse a foros o medios de comunicación -por no hablar de familiares- muchas veces nos acerca a realidades bien distintas: desde jornadas maratonianas de clases, hasta listas interminables de “deberes” que alargan el trabajo de los estudiantes hasta horas impensables en un día a día normal. ¿Significa esto que el sistema aún se está adaptando? Puede. Sin duda, todo esto ha venido de golpe, aunque haya muchos centros educativos que lleven tiempo hablando de su modelo híbrido presencial-digital, lo que se esperaba desarrollar a lo largo del próximo lustro se ha impuesto en un par de semanas.

El problema quizá venga por un sistema educativo obsoleto donde sigue premiando la memorística y donde gran parte del profesorado no ha tenido las herramientas -tiempo, cursos, etc.- o las ganas de aprender para volverse “2.0”. No es extraño ver a muchos jóvenes que empiezan su interacción con las TICs haciendo power points de temáticas de lo más variado que tienen enormes lagunas de conocimiento. ¿Es esto la implantación de nuevas tecnologías en la educación? ¿Pasar de esquemas en cartulinas a esquemas en pantallas? Por supuesto que no. El modelo híbrido debe ser aquel donde el empleo de herramientas digitales se vaya implementando a lo largo de la carrera educativa del alumno sin olvidar las herramientas biológicas de las que disponemos.

Es indudable que la revolución digital es una enorme oportunidad para democratizar conocimientos. Sobre todo si se hace de la mano de sistemas educativos solidarios -normalmente públicos o no lucrativos- y si se busca que todas las personas puedan acceder a las mismas herramientas (no similares) y a la misma educación. Sobre todo si se invierte -en educación nunca se gasta- en una formación adecuada para los docentes.

Soy un ferviente defensor de la educación presencial. Realmente creo que es imposible que el intercambio de conocimientos profesor-alumno se pueda dar en un interfaz humano-máquina por mucho que al otro lado de la pantalla haya otra persona. La educación in situ permite a los alumnos desarrollar a la vez sus capacidades cognitivas y emocionales. Por el mismo motivo por el que un beso digital nunca sustituirá al beso en persona de tu familiar querido, tu pareja o tu amigo sobre tu mejilla. Por el mismo motivo que un profesor inspirador puede cambiar la vida de un alumno. Por el mismo motivo por el que un compañero de aula puede ser el factor diferencial entre aprender o comprender una asignatura.

Más allá de quedarnos con las evidencias científicas que demuestran los beneficios potenciales de la lectura y el aprendizaje sobre el papel frente a las pantallas en los niños, el confinamiento durante semanas de cientos de millones de estudiantes en todo el mundo y la forma en la que han estudiado (y aprendido) durante este tiempo tiene que reportarnos las suficientes cifras y datos como para ser capaces de construir un sistema educativo más completo, moderno y equitativo entre todos ellos. Uno, sobre todo, en el que el sistema educativo no sea el primer damnificado cuando hay una crisis y en el que la tecnología sea un valor añadido y no definitivo.

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