Tecnología y pandemia (y III): la hora de una nueva economía

Imagen de InIT Lemgo de un operario con licencia Creative Commons obtenida a través de Wikipedia


Del mismo modo que hasta ahora he intentado poner en perspectiva el papel de las TIC durante la crisis sanitaria -y la económica que vendrá justo después- y todo lo que nos ha enseñado la pandemia sobre los retos y oportunidades en el ámbito educativo, creo que una buena forma de acabar este pequeño -mínimo- análisis de la COVID-19 es intentar averiguar qué tipo de economía queremos y cómo podemos sustentarla.

Sin duda, uno de los principales retos que nos deja esta primera oleada de la enfermedad -aunque esperamos y deseamos que no haya otras, la falta por ahora de una vacuna o un tratamiento no nos permite garantizar que no vaya a haber otras oleadas o que, incluso, se convierta en una enfermedad estacional- es la reconstrucción económica. La crisis ha sacado a relucir todas las costuras de nuestra estructura socioeconómica. Desde empleos mal remunerados que se han demostrado esenciales hasta la debilidad de un mercado laboral con demasiada temporalidad, poca calidad en el tipo de contratos y, sobre todo, una estructura productiva demasiado ligada a los servicios de bajo valor añadido que exigen de la ayuda de generaciones anteriores (abuelos, el mayor grupo de riesgo) para poder sacar adelante la crianza de los más pequeños.

Además, el sistema también ha demostrado que la globalización que permitió una deslocalización salvaje del sistema productivo desde hace cuatro décadas no solo ha dejado sin recursos a las primeras economías del planeta, sino que ha demostrado que en situaciones de estrés es poco eficiente, está llena de riesgos y genera una dependencia inadmisible en terceros.

¿Cómo se puede solucionar todo esto? En pocas palabras podríamos hablar de innovación y relocalización. Si lo desglosamos un poco más volvemos a ese nudo gordiano en el que todos los sectores de la sociedad funcionan como un conjunto de poleas -que ahora ha demostrado no estar tan bien engrasado como debería- en el que no se puede innovar y arriesgar en uno si no se hace en los demás.

Es imposible innovar en un determinado sector económico -industria, por ejemplo- si no apostamos por una educación más técnica. Es imposible exigir cierto nivel de responsabilidad en otros -la banca-si dejamos de lado la enseñanza de valores como la ética. No podemos pedir a las personas que emprendan si no creamos una sociedad en la que los errores no nos marquen de por vida y no haya derecho social a reinventarse. Tampoco podemos exigir a nuestros políticos determinados comportamientos si no se cumplen desde la capa más básica de la sociedad (evasión de impuestos, por ejemplo) pues los políticos, de nuevo, surgen de la sociedad.

Como parece quedar claro educación y enseñanza van estrechamente ligados a una sociedad mejor. Más justa y equitativa. Pero, una vez logrado esto (que no es ni rápido ni fácil), qué modelo económico queremos. Aunque suene manido decirlo, en el año 2020, es prácticamente imposible hablar de una forma maniquea de capitalismo y comunismo (o socialismo). Todos los modelos han demostrado ser fallidos. El primero porque es un sinsentido buscar el crecimiento ilimitado con recursos limitados. El segundo, porque aunque algunas de sus premisas son socialmente irreprochables, ha caído sistemáticamente en la corrupción de sus dirigentes. Sin entrar en debates políticos que no tienen hueco en estas líneas, ¿por qué no dejamos por fin atrás preceptos creados en el siglo XVIII y nos centramos en reconstruirnos para avanzar a lo largo del siglo XXI?

Problemas del tamaño del cambio climático -antropoceno por mucho que les duela a los negacionistas-, de millones de afectados por guerras, sequías y hambre; así como la brecha digital, enfermedades crónicas generadas por nuestro modo de vida (estrés, algunos tipos de cáncer, muchos tipos de alergias), etc. se pueden minimizar e incluso solucionar con un objetivo global como especie.

Y para ello es necesario retomar el papel de la ciencia y la tecnología para generar sistemas productivos más justos, eficientes y que, sobre todo, pongan la producción de bienes y servicios y la gestión de los recursos como un medio social y no como un fin. Y en ese escenario la Industria 4.0 tiene un papel clave.

Relocalizar la producción no solo permitiría minimizar el impacto ambiental de la producción (y no hablo de que cada país produzca de todo sino del sinsentido de que casi toda la producción de algunos sectores económicos como el textil se sitúe en el sudeste asiático) sino generar tejidos productivos más complejos y sólidos que se traducen en regiones más ricas y equilibradas. Una industria con una producción inteligente no es, como muchos creen, fábricas robotizadas. Se trata de centros de producción apoyados en sistemas ciberfísicos más eficientes que producen lo necesario con un gasto energético mucho más reducido.

Volviendo al ejemplo del textil, tenemos empresas como Jeanologia que ha conseguido convertir el proceso de acabados del tejido vaquero -uno de los más contaminantes de la segunda industria más contaminante del planeta- en un proceso rápido, seguro (los enfermos por afecciones respiratorias en el Sudeste Asiático por darle acabados a los pantalones y chaquetas se cuentan por miles) y, sobre todo, sostenible pues el gasto de agua se reduce cientos de veces en miles de prendas.

La empresa valenciana no solo ha conseguido expandirse y conseguir contratos dentro y fuera del textil con corporaciones de importancia internacional, sino que ha creado cientos de puestos de trabajo directos e indirectos de alta calidad que se han arraigado como proyecto social en su comunidad y que revierten en ella parte de sus beneficios. Un ejemplo práctico de qué camino hemos de seguir en un sector que durante mucho tiempo se ha definido a sí mismo como “esclavo de las circunstancias”.

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