Biofabricación y el futuro de la moda

Imagen de camiseta biofabricada obtenida de la web de Modern Meadow


A nadie se le escapa a estas alturas que la industria textil es una de las más contaminantes del planeta. De hecho, después de la del petróleo, la moda ocupa el dudoso honor de ser la segunda en este ranking. Y los motivos son de lo más variopinto. Desde el origen de las fibras (algunas provienen directamente del petróleo; otras más ecológicas como la viscosa o el rayón, de la tala masiva de árboles; las de origen natural como el algodón no orgánico engullen hasta el 24% de los plaguicidas del planeta) hasta el ritmo de consumo -muchos no tenemos interiorizado que algo puede contaminar aunque no tenga un tubo de escape- pasando por la estructura productiva.

Algunos de esos problemas estructurales de la industria tienen soluciones sencillas. Frente a la vorágine consumista del fast fashion la mejor receta es educar a la sociedad y enseñarles que, al igual que ocurrió con la comida rápida, más barato suele ser más caro. Para paliar una estructura productiva totalmente disfuncional la receta debe ser la relocalización. Y ambas soluciones van unidas.

Podemos enseñarle a un cliente a consumir menos pantalones vaqueros y de mayor precio explicándole que el barato ha requerido de algodón de baja calidad que contamina miles de litros de agua y destruye ecosistemas y que ha sido transportado en un enorme y contaminante barco hasta un país con dudosas leyes ambientales y laborales para luego ser enviado en otro medio con una alta huella de carbono en la otra punta del planeta y que la alternativa puede ser un jean realizado con algodones orgánicos o incluso reciclados de un origen más cercano, trabajado y tintado con nuevas herramientas en un punto de origen mucho más cercano al distribuidor final. Además, toda esta suma de calidades más altas redundará seguro en una mayor durabilidad de la prenda.

Sin embargo, el punto más complejo y más fascinante de todo el proceso productivo de la moda que es mejorable es el de los materiales. Si nos fijamos en la evolución de los mismos durante la evolución técnica humana y la comparamos con otros sectores productivos no cabe lugar a dudas: el avance es mínimo.

Comparemos, por ejemplo, los materiales que se empleaban en los medios de transporte hace dos mil años y ahora: carros de madera frente a aleaciones de metal en coches de uso cotidiano. En ese mismo espacio de tiempo la variación del principal material para hacer calzado, por ejemplo, ha variado bien poco. El cuero sigue dominando (por mucho que la moda sneaker se haga cada vez más hueco). Lo mismo ocurre con los sistemas de comunicación: hemos pasado del papiro o la paloma mensajera a la mensajería instantánea a través de internet. Mientras, las camisas se siguen confeccionando en algodón o lino.

Y algunas de las innovaciones, como hemos dicho antes, no han sido precisamente positivas. Los derivados del petróleo han conseguido mejorar los márgenes de las empresas y han facilitado producir aún más rápido a costa de usar una materia prima muy contaminante y con un rastro biológico de larga duración: los derivados del petróleo.

No obstante, recientemente hemos podido ver cómo los avances en la biotecnología ofrecen una alternativa que hasta hace poco la gran mayoría ni conocíamos. Se trata de la biofabricación y esta ha llegado a mis oídos a través de una ponencia de Suzanne Lee en TED Talks. Lee acudió a los laboratorios que habían conseguido crear piel humana para pedirles que trabajaran en la creación de piel animal.

A partir de colágeno, una proteína presente en todos los animales, los científicos consiguieron un material llamado Zoa. Un cuero bioimpreso y que se antoja como la clave para terminar con la explotación animal para crear artículos de moda. Los investigadores inyectaron ADN modificado en las células con las que trabajan y consiguieron dar con una red de fibras que posteriormente se ensamblan para crear la estructura de un material sin las limitaciones (tamaño, textura o color) del cuero de origen animal. De hecho, este proceso permite generar materiales de distinta densidad y mucho más maleable. Después, el fabricante puede curtirlo para conseguir el efecto deseado.

Todo ello, además, con un proceso de fabricación sostenible, con un impacto ambiental mínimo -sobre todo comparado con el sistema “tradicional”- y con la capacidad de dotar a los creadores y clientes de piezas absolutamente únicas en las que las texturas, acabados y materiales se prácticamente únicos en cada producto final.

Pero la innovación no se queda al otro lado del Atlántico. Mucho más cerca, en Barcelona, tenemos el ejemplo de ZER Collection, una apuesta por la fabricación aditiva de prendas a partir de filamentos biodegradables que permiten la máxima flexibilidad a los creadores y minimizan el impacto ambiental de los productos.

En definitiva, una verdadera revolución productiva gracias al potencial de la Industria 4.0 que se presenta como primordial a la hora de luchar contra problemas globales como el Calentamiento Global y la destrucción del entorno y todos los retos que estos nos plantean.

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