Tecnohumanismo, el punto de vista que estábamos esperando



Hace solo un par de semanas trataba el gran giro del punto de vista de muchas personas sobre la ciencia y la tecnología. La pandemia ha hecho que muchos de los que miraban con escepticismo la inversión en ciencia se echen las manos a la cabeza ahora que todos los países suspiramos por tratamientos médicos o una vacuna eficaz frente al coronavirus. Y que otros que pensaban que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación eran el leviatán que nos alienaría y nos encerraría en nosotros mismos y en nuestra vida virtual han acabado cantando las virtudes del teletrabajo y la comunicación a distancia.

La punto medio aristotélico entre estos últimos es el tecnohumanismo, una corriente de pensamiento que se centra en colocar la tecnología en una herramienta al servicio de las personas. Al fin y al cabo, como concluía Ortega y Gasset, el ser humano es un espécimen que vive muy ligado con la técnica. A diferencia de otros animales, los humanos no solo nos adaptamos al medio para sobrevivir, sino que somos capaces, mediante la tecnología, de adaptar el medio a nuestras necesidades y deseos. Algo que, aunque parezca virtud, también está demostrando tener un enorme costo sobre el planeta y nuestra propia subsistencia.

De facto, es imposible negar el peso de la tecnología en nuestra historia como especie. Y mucho menos ahora que tiene una relevancia como nunca antes. La tecnología, en cierto modo, determina quiénes somos habiendo hecho posible el camino hasta donde estamos. El problema reside en si dejamos suelta esa “correa” y no adherimos al desarrollo por venir valores éticos que sirven para sopesar correctamente los riesgos que conlleva siempre cada avance.

Recientemente, Retina, el suplemento tecnológico de El País, publicó un sobresaliente texto sobre Pedro Mujica. El canario fundador de Wecolab ha impulsado recientemente IANetica, un proyecto del centro de innovación Las Naves en Valencia. Mujica, explica en la entrevista con Jorge G. García, quiere que la Cuarta Revolución Industrial no caiga en el error en el que cayeron las anteriores donde, cada una de ellas, arrinconó el pensamiento ético y filosófico.

¿El motivo? El pensamiento empresarial basado en la maximización del beneficio en un entorno -el mercado- cada vez más voraz y competitivo. Su conclusión es lapidaria: “no conozco ni una tecnológica que se haya preocupado por la ética”. En un momento clave en sectores como la biotecnología, la inteligencia artificial, la lucha contra el cambio climático y el armamento, parece que la entrada de la ética resulta imprescindible.

Es por ello que desde el tecnohumanismo se hace un llamamiento para que científicos y tecnólogos convivan con éticos y filósofos con el fin de buscar un equilibrio y evitar que la búsqueda sistemática de objetivos -económicos o científicos- puedan entrañar un riesgo crítico sobre nuestro futuro.

Google, Facebook o Amazon cuentan con potencial y herramientas más que suficientes para controlar de una forma ética los servicios que ponen a nuestro alcance. Algunas de ellas, de hecho, ya han integrado equipos de ética para analizar los resultados de informes que indican cuán adictivos son los likes, por ejemplo.

Precisamente Europa es donde más interés se ha mostrado en el desarrollo de estos equipos de trabajos para aprovechar la enorme inversión que va a llevar a cabo la Unión para convertirse en el centro mundial del machine learning

Nuestra capacidad de análisis más allá de las cifras y las estadísticas es donde debe residir nuestro hecho diferencial frente a la enorme capacidad de la Inteligencia Artificial. Si tenemos en cuenta que las máquinas aprende a partir de nuestros conocimientos, es fundamental que eliminemos los nocivos. Es la única forma en la que podemos llevar a cabo un desarrollo útil de una herramienta que nos puede dar una capacidad como nunca antes hemos tenido. ¿La mayor traba? Que esto requerirá ralentizar la carrera por su desarrollo para pensar bien todo lo que debemos hacer.

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